Adquirir compromiso

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Comprometerme me cuesta mucho.

Comprometerme a los otros, a la vida, a mi misma.

Para mi, comprometerse ha sido siempre sinónimo de encadenarse, de perder libertad, de someter la voluntad de algún modo.

Pero lo cierto es que comprometerse es darle a tu vida un objetivo, un sentido para vivirla.

Adquirir un compromiso te obliga a la acción, impidiendo que caigas en la desidia. En vez de restarte libertad, ganas alianzas.

Requiere de grandes dosis de humildad para reconocer los propios límites y el respeto por lo ajeno. Es lealtad y comprensión. Significa ir más allá de uno mismo, ser el ancla que se afianza en la tormenta.

Comprometerse tiene mucho de entrega, de paciencia, de amor; por los otros, por la vida, por ti misma.

Iria Né Zák

 

 

Mensajes para tí

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¿Sabes? El mundo que te rodea habla constantemente de ti. Te cuenta cómo te sientes, qué tienes que aprender, qué debes cambiar o mejorar. Te advierte si te equivocas y te guía por el camino adecuado. Pero no lo ves. O no todo lo que debieras.

No eres el único.

Estamos dormidos y por eso somos incapaces de ver, de leer esos mensajes que están ahí, en nuestra vida cotidiana, justo ante nuestros ojos, al alcance de todos nuestros sentidos.

Porque los mensajes llegan de muchas formas diferentes: Lo hacen en modo de sincronicidades, lo que tu  llamas casualidad. También en todo aquello que te resuena, que te vibra. Llegan a través de olores y de recuerdos. Escuchando a tu propio cuerpo y en los espejos que son los demás, donde reflejamos nuestras luces y nuestras sombras. Te hablan mediante el comportamiento de tus animales o la salud de  tus plantas, o del estado de tu casa, de tus armarios. Por los colores que te envuelven, por signos y señales que se repiten, por los libros que lees o la música que oyes y por tus sueños mientras duermes.

El viento y la lluvia, los cielos, los bosques y las montañas hablan de ti. La ciudad por la que deambulas habla de ti. Y el mar, el atardecer y el alba, todo cuenta cosas de ti.

Ha llegado la hora de que despiertes, de que entres en vibración y resonancia con la vida que palpita a tu alrededor, para que puedas ser consciente de estos mensajes, cuyo único fin, es conducir los pasos de tu propia evolución.

Iria Né Zák

 

 

 

 

 

 

 

 

Monstruos en el armario

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De niña miraba en los armarios, buscando duendes y trasgos. Imaginaba que algún ser de aspecto horrible aguardaba entre las sombras a que me durmiera para atraparme. Ninguna noche pasaba sin que yo mirara debajo de mi cama. ¿Qué esperaba encontrar? Sin embargo durante mucho tiempo, cada noche realizaba mi particular ritual de inspección antes de irme a dormir. Después cogía mis muñecos de trapo y me arropaba hasta la nariz teniendo especial cuidado de no sacar una mano o un pie de la protección de las sábanas. Y así atrincherada, cerraba los ojos convencida de que mis peluches me protegían y que estaba a salvo en la guarida que era mi cama.

¡Monstruos en el armario! ¿Qué hubiera hecho de haberlos encontrado? No lo sé.

Lo que sí sé, es que yo misma daba forma a mis miedos creando monstruos imaginarios, y a la misma vez, también encontraba el modo de combatirlos, pues no era mi frágil fortaleza bajo las mantas la que me protegía de ellos, sino la fe y la firme creencia de que eso era posible, haciendo de mi cama un castillo inexpugnable.

Iria Né Zák

 

 

Soy una oveja negra

 

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¡Cuánto dolor! ¡Cuántas decepciones por no encajar en la familia!

Cuando era pequeña, durante mi adolescencia, mi juventud y hasta hace bien poco, me he sentido un bicho raro. Incomprendida y terriblemente sola, sin poder compartir abiertamente mis inquietudes, mis ideas o mi forma de ver el mundo.

“¡Estás loca!” era el comentario que siempre escuchaba cuando hablaba de las cosas que quería hacer o de lo que pensaba. Ahora sigo escuchándolo alguna vez que otra, cuando se olvidan de quién soy en realidad. De que ya no me siento intimidada, sino orgullosa de ser diferente, de poder alzarme con mi propia identidad.

No saben que las ovejas negras somos seres especiales que venimos a este mundo con un propósito importante, que estamos aquí porque sin nosotras, el cambio no es posible.

Somos las que rompemos moldes con todo lo que eso conlleva. Obligarnos a seguir al rebaño es un éxito frustrado, una y otra vez, nos saldremos del redil. Es nuestro sino, está marcado en nuestros genes y es inevitable.

El mundo necesita de las ovejas negras para sanar sus linajes, sus clanes, al ser humano.

Si eres una de nosotras, si te sientes una oveja negra, siéntete digna y orgullosa de serlo, pues tu labor es necesaria para la Nueva Era que está por venir y que ya empieza a intuirse.

¡Ya no estás sola!

Iria Né Zák

¡Toca madera! Oda a un árbol caído

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Ya no estaba. Me di cuenta enseguida, aquella mañana de finales de verano durante mi paseo matutino por el bosque. Enseguida noté su vacío. Y es que había sido un ser grande, pleno y vital, pero ya no estaba. Su tocón casi a ras del suelo era el único testigo de su existencia ahora sesgada de cuajo, porque sí, sin motivo aparente.

Me sentí rota por dentro. Un gran dolor se apoderó de mí, igual que se hubiera perdido a un viejo y querido amigo. Porque es lo que era: un gran amigo que me saludaba cada día en un vaivén de sus altas ramas y me cobijaba bajo su sombra en los calurosos días de verano.

Ahora había desaparecido. Se lo habían llevado. Miré tan desconsolada aquel tocón que aún sumergía sus raíces en la tierra en un desesperado intento de seguir siendo. Y lloré. Tan triste, dolida y tan impotente. No podía entender, no puedo comprender, ese afán que tiene el ser humano  de cortar por lo sano, de destruir sin más todo lo que le molesta. Según él…

No pude por menos que decirle cuánto lo sentía, de pedir perdón por la absoluta necedad de mis iguales. Por su incomprensión, su falta de respeto por los demás,  por su incapacidad de sentir,  y su falta de consciencia. Si al menos hubieran tocado madera…

Los antiguos eran respetuosos con los demás hijos de la Madre Tierra. Agradecían a los animales la vida que entregaban para el mantenimiento del clan, y daban paz a su espíritu. A los árboles le pedían permiso para talarlos, pues sabían que también ellos albergaban un alma, un espíritu árboreo. Tocaban madera. Colocaban sus manos sobre el tronco del árbol elegido y le pedían al espíritu que lo abandonara, para que quedara solo la parte física que iban a necesitar. Si sentían que el espíritu del árbol se iba, entendían que tenían permiso para talarlo y daban gracias. Si lo cortaban sin haber tocado madera, algo malo podría sucederles.

Pero eran tiempos en que el ser humano estaba conectado con la Naturaleza.

¡Lo siento tanto hermano, amigo! Seguro que no tocaron madera. Ellos ya sabrán de sus consecuencias…

 

Iria Né Zák

 

 

Las otras miradas

 

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Si nunca te has visto reflejado en la mirada limpia e inteligente de un perro, o atrapado en el hechizo de los misteriosos ojos de un gato.

Si no te has perdido en los insondables ojos de un pájaro, o en la hipnótica mirada de una serpiente.

Si los negros pozos que son los ojos de un caballo no te han robado el corazón, si no te has sumergido en ninguna de esas miradas ni en muchísimas otras como esas, tan  intensas, tan penetrantes, tan humildes, tan grandes e infinitas, tan antiguas y tan sabias, siento decírtelo, no has sido elegido por sus almas.

Ser elegido por ellos es un honor inconmensurable. Aquellos tocados por su esencia son sostenidos por su sabiduría ancestral. Vibran en  frecuencias más altas: de empatía, de  generosidad,  de  lealtad,  de honestidad, de fe,  de valor,  de amor incondicional.

Si eres uno de esos afortunados, lo sabes. No traiciones nunca la confianza que ellos depositaron en ti.

 

Iria Né Zák

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Azgora

DSC_0024Aún resuenan en mi cabeza las palabras sin voz de los viejos árboles. Aquellos que me mostraron las visiones que designarían mi nuevo porvenir.

Tengo el recuerdo imborrable de un Ser al que pude ver sin verlo. Se elevaba sobre mí; una energía vibrante, poderosa y benévola que pulsaba como una luz blanca, un corazón radiante que sonreía, ¡sé que sonreía!, colmándome de una sensación que me sobrepasaba.

Azgora, el viejo roble milenario de los bosques de las tierras del norte, aunque aparentemente muerto, todavía sigue vivo. Aún se hunden sus raíces en la tierra, aún sus ramas se extienden orgullosas hacia el cielo. Continúa siendo el señor indiscutible del Valle de Sakana.

“Construye, me dijo, extiende tus ramas, expándete hacia fuera. Sigue el camino que ahora se extiende ante tus pies. No lo abandones. Continúa. Te guiará bajo la tormenta que se cierne sobre ti. Confía en tus dones, déjalos salir. Escucha las voces de los hijos de la Tierra: ellos te mostrarán los secretos que debes conocer en el momento justo.”

Abracé el vetusto tronco tatuado por las cicatrices que el paso de los siglos le habían dejado, tan  robusto, fuerte y estable como un padre protector y amoroso. Y así abrazada a él, me encontré derramando lágrimas de agradecimiento por tanto amor, y sentí un anhelo doloroso: “no me dejes nunca  más”,  murmuré entre sollozos, comprendiendo que me hallaba ante el don más preciado, el Amor Incondicional, el don que guiará mis pasos, aún en la noche más oscura.

 

Iria Né Zák