La magia que hay en ti

 

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“No os equivoquéis, -dijo alguien a quien admiro- Campanilla no existe.”

Lo siento amigo mío, pero discrepo. No sé si Campanilla existe o no, pero la magia desde luego, sí.

La magia existe, vive, habita en ti, y en todos los seres y cosas que te rodean.

Está en tu día a día, en tu vida cotidiana. En los momentos más entrañables e íntimos que dedicas a aquellos que amas. Está en el poder de tu fe y en la intencionalidad que pones en todo lo que haces.

La magia va unida a tu fuerza interior y a los valores con los que cimientas tus actos y tus creencias.

Magia es la capacidad de transformar, de trasmutar, de incidir para provocar cambios. Es sensibilidad y armonía, la capacidad de no permanecer impasible,  de percibir y de sentir los latidos de toda la vida que te envuelve en todas sus formas.

Paseando por los bosques, junto a los ríos y fuentes, navegando en el mar o perdidos en el desierto, te sientes pleno, vivo, que formas parte de algo mucho más grande, que eres pequeño y eterno a la vez.  Porque en la Naturaleza la magia fluye en su forma originaria, sin muros ni barreras que la retengan, sin filtros que la distorsionen, donde las energías nocivas son diluidas y no pueden mancillarla.

Si no puedes sentirlo, no culpes a Campanilla. La magia que te rodea sólo podrás percibirla cuando conectes con la magia que hay en ti.

Magia eres Tú. ¿Su color? Dependerá del uso que hagas de ella.

 

Iria Né Zák.

Cuando se abre la puerta de tu jaula

 

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Como el pájaro al que le abren la puerta de su jaula y que se asoma con cautela al exterior, incapaz de creer en su suerte. Que emprende un corto vuelo por los alrededores para volver después a introducirse entre los barrotes donde hay comida, agua y la seguridad de lo conocido, porque en el fondo, le aterra su tan ansiada libertad.

Algo parecido suele sucedernos cuando luego de vivir tras los barrotes invisibles de una relación, de un trabajo o de cualquier otra circunstancia de la vida que sentimos que nos aprisiona, en el momento en que se abre la puerta y por fin somos libres, la realidad es, que no sabemos qué hacer con esa libertad.

Para algunos es tan aterrador cruzar el umbral para adentrarse en lo desconocido, que prefieren volver dentro, donde se mueven en la tranquila seguridad de “lo malo conocido” y se auto convencen de que eso es lo mejor.

Otros al menos lo prueban, lo intentan. Pero se sienten perdidos ante tanta novedad y al final, prefieren regresar, eso sí, algo más desdichados por no tener el coraje para explorar “lo bueno por conocer”.

Y luego están los valientes, los que saltan al vacío y extienden sus alas, permitiendo que los vientos los eleven alto, muy alto, desde donde puede apreciarse un paisaje extenso, fascinante, listo para ser descubierto.

¿Cuál de ellos eres tú?  ¿Te atreves a volar?

 

Iria NéZák