¿Me ayudas?

 

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¿Eres de los que no se dejan ayudar?

Sin embargo, seguro que eres el primero en acudir, incluso antes de que te lo pidan.

Pero que te ayuden a ti, eso ya es otro cantar.

Puede  que te de vergüenza, como si fuese algo deleznable. O quizá crees que no lo mereces; “¿quién  soy yo para que otros pierdan su tiempo en mí?”

Tal vez creas que solicitar ayuda es de débiles, de gente que no es capaz de hacer las cosas por sí mismo, de inútiles.

¿Y tú?  Llevas tanto tiempo valiéndote por ti misma que ni te acuerdas de que pueden ayudarte si así lo necesitas.

Ayudar al prójimo es algo que nos ennoblece y pedir ayuda cuando la necesitamos nos sitúa en una posición de humildad y de reconocimiento de nuestros propios límites. Y eso es muy humano.

Todos en un momento a otro podemos necesitarla y todos tenemos derecho a ser ayudados. También tú. Nadie es más merecedor que otro.

Que te echen un cable alguna vez no te resta dignidad ni  te hace débil ni mediocre. Dime ¿de qué puede servirte el orgullo en un momento de apuro?

Y a ti que siempre lo has hecho todo sola porque según tú, nunca has tenido a nadie con quién contar. Párate y mira a tu  alrededor. No estás sola, de verdad que no. Aunque no lo creas, seguro que hay alguien que pueda echarte una mano en un momento dado.

Cuando lo necesites pide ayuda.

Pídela sin miedo, sin vergüenza, sin excusas, sin  reservas, pero pídela, porque si no me lo dices, no lo sabré, y no podré ayudarte. Porque sé, que si yo lo necesito, tú me ayudarás a mí. ¿Me equivoco?

 

Iria Né Zák

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