Los sonidos del silencio

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¡Uf! ¡Qué manera de hablar!

No. No es un amigo contándome su vida, ni tampoco una vecina explicándome cotilleos. Es mi mente con su incesante parloteo. ¡No para!  Y la mayoría de lo que me cuenta es repetitivo y sin sentido. La tuya igual ¿A qué sí?

Nuestra querida mente, tan sabia a veces, genera un ruido constante al que estamos tan acostumbrados que no nos damos cuenta de su existencia hasta que calla. Curiosamente, entonces ese silencio tan deseado nos sorprende y nos asusta. “Te lo dije” parece decirnos nuestra mente, y vuelve a tomar el control de nuestros pensamientos y de nuestras decisiones, y suspiramos aliviados. Preferimos su insidiosa voz conocida, que el reconfortante silencio que desconocemos.

El silencio esconde muchos sonidos que no oímos por culpa de nuestra mente ruidosa. Hazla callar por una vez y escucha. Te sorprenderá, como a mí en esta experiencia que viví una mañana en el bosque, o como mínimo, te aportará paz por unos instantes.

Aquella mañana de principios de primavera lucía luminosa, con un cielo azul limpio de nubes. Las caléndulas estaban exultantes como diminutos soles que hubieran caído sobre la hierba.

 – “¡Que mañana tan bonita! – pensaba mientras paseaba entre las flores – ¡Se está tan bien con este solecito! Tan relajada, recolectando mis plantas y respirando este aire tan fresco y puro. Me encanta estar en el bosque disfrutando de este silencio…”

– ¡Calla! – me dijo una flor de pronto – ¡Calla! Hablas demasiado. Si no callas no podrás oírnos.

Mi mente, cogida por sorpresa, enmudeció de golpe. Entonces pude oírlo; el verdadero silencio.

Era casi palpable. Podía sentir  que me envolvía tomando consistencia como un ente vivo en sí mismo. Lo contenía todo y nada.  No solo los sonidos, también los aromas, las formas y los colores. Todo tomó una dimensión nueva, más nítida y perfilada, igual que las figuras de un cuadro que parecen tomar vida propia y querer salir del lienzo.

“¡Ah! – pensé maravillada –  ¡Esto es lo que se oye. Así es el mundo en realidad!”

Ahora sí que podía escucharlos; la voz del viento, los susurros de los árboles y el parloteo  curioso de los animalillos entre la maleza. El  grito de libertad del águila surcando el cielo. La canción del agua, el tintineo de las flores y las risas de las hadas.

Sentí  que me hallaba en la realidad verdadera, sin las distorsiones creadas por mi mente, sin sus prejuicios ni pretensiones. Podía, por fin, oírlos, hermosos y desconocidos, los  sonidos del silencio.

 

Iria Né Zák

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