El deseo de la estrella fugaz

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 La he visto caer.

Desde el cielo ha caído.

Ahí estaba,  brillando lejana e inalcanzable.

Después ha empezado a desmayarse, lánguidamente, y ha acabado precipitándose veloz en el vacío hasta desaparecer.

Pero yo he visto dónde ha caído, justo allí, donde se unen cielo y tierra.

Y he decidido ir a buscarla.

Algo tan hermoso no puede perderse.

Y sé, que si me lo propongo, puedo encontrarla.

 

He viajado lejos siguiendo su rastro, ese halo de luz que la hace inconfundible.

Mi lealtad para con ella es inamovible.

He vagado perdida por desiertos y montañas, y  por  mares embravecidos he navegado.

Me he enfrentado a monstruos y casi muero de hambre y sed.

Pero nunca dejé de buscarla.

Y allí está por fin. Reflejada en sus ojos puedo verla.

La  estrella fugaz,

soy yo.

 

Iria Né Zák

 

 

Otro aprendizaje

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¡Cómo nos cuesta gestionar  nuestras emociones! Pero es que, claro, nadie nos ha enseñado.

Mucha matemática, mucho de historia o de ortografía, pero  la asignatura de fortaleza emocional,  nada. Que nos expliquen cómo utilizar nuestra mente maravillosa a la hora de enfrentar un problema, modificar hábitos destructivos o pensamientos limitantes, eso tampoco.

Después de estar un montón de años tratando de ser mejores que los demás, sin saber muy bien ni por qué ni para qué,  en realidad, salimos convertidos en copias idénticas con algún que otro matiz, y nos sueltan al mundo sin saber  cómo enfrentarnos a él.

¿Y en casa?

Igual.  Aprender a comportarte. A que sepas lo que se espera de ti y lo que no. En definitiva, otra forma de crear  un robot. Pero de cómo comunicarnos sin herirnos, a fomentar nuestra creatividad y una mentalidad positiva, de eso ni idea.

Y ya ni hablemos de esta sociedad tan competitiva y despiadada en la que vivimos, dónde ser alguien genuino con mente propia, se considera como poco un peligro.

Aprender que nuestras emociones nos condicionan hasta la salud. Que tenemos una mente increíble con la que, si queremos, podemos  crear nuestra propia realidad. A pensar por nosotros mismos sin que nadie nos manipule.  Eso sí es importante. Eso sí nos hace fuertes, y sobre todo, libres.

 

Iria Né Zák

El corazón del guerrero

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La imagen del guerrero que tenemos es la de un personaje agresivo cuya  única forma de vida es el arte de la guerra.

Sin embargo, al verdadero guerrero no es la guerra lo que le mueve. Muy al contrario; es la vida y la paz lo que quiere preservar y por eso lucha. Es el amor la auténtica razón que impregna sus actos. Habita en su corazón, y es guiado siempre por un espíritu libre.

Amor por sus seres queridos, por sus ideales, por su tierra y  por su pueblo. Es ese amor  lo que le otorga el valor y el coraje en la batalla.  El que le da fuerzas para volver a levantarse cuando cae y seguir luchando. También le permite ser justo, ecuánime y misericordioso con  su enemigo. Le aporta sabiduría y honor. Le hace leal e inquebrantable. Hubo un tiempo en que los honraron y les llamaron caballeros.

En ti late el corazón del guerrero que te guía y te mantiene firme en las luchas y batallas de la vida. No olvides que el amor te hace fuerte e invencible y que te distingue de aquellos que luchan por ambición y poder; ellos son los señores de la guerra y tú, el caballero de brillante armadura.

 

Iria Né Zák

 

Mi sombra

 

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Un día cogí dos sillas y las coloqué una frente a la otra. Encendí velas e inciensos, me senté en una de ellas con las manos sobre mi regazo, cerré los ojos, respiré hondo tres veces y acompasando mi respiración al latido de mi corazón, me dispuse a esperar.

El silencio se hizo tan palpable que podía tocarlo. No tuve que esperar demasiado. Más bien parecía que era a mí a quién se requería hacía tiempo. Sentí su presencia y abrí los ojos. Allí estaba de pie junto a la otra silla. Era igual que yo…pero mejor. Una versión mejor de mí.

Vestía toda de negro con prendas ajustadas que resaltaban su figura  más esbelta y grácil;  su cabello  azabache caía en ondulantes rizos sobre sus hombros enmarcando un rostro ovalado de facciones perfectas, donde resaltaban unos ojos oscuros que ardían con una llama fría. Tan fuerte y segura de sí misma…Sin apartar sus ojos de los míos, moviéndose con la gracia y ligereza de un felino, tomó asiento frente a mí.

Por unos instantes permanecimos en silencio, observándonos mutuamente. Yo no podía dejar de mirarla. Era tanto como yo deseaba ser. La admiraba, la odiaba…y la envidiaba.  Torció su gesto en una sonrisa desdeñosa, como si hubiese leído mis pensamientos, cruzó las piernas con insolencia e inclinándose hacia  adelante me habló.

-“¿Qué deseas de mí?” – Su voz sonó dulce como una caricia, peligrosa como el silbido de una serpiente.

-“Conocerte” –respondí indecisa tras una leve pausa. Aquel ser que era yo, me intimidaba.

-“Ya me conoces”

-“Mejor. Deseo conocerte mejor”

-“¿Por qué?  ¿Para qué?” – parecía divertirle lo que le pedía.

-“Porque conociéndote a ti, podré conocerme mejor a mí misma.”

Volvió a recostarse contra la silla y me observó curiosa y desafiante mientras sopesaba mi respuesta.

-“Soy tu sombra. ¿De verdad quieres conocerme?”

Asentí en silencio. Y ella habló:

-“Soy lo que envidias y lo que odias. Soy tus miedos y tus angustias. Soy lo que ansias ser y lo que más detestas. También laten en mí tus más oscuros deseos y pasiones; tus ambiciones y codicias  y aquellas máculas que te marcan. Todo eso soy y más.”

-“Deseo ser mejor persona. – argumenté –  Quiero aprender a no odiar, a no juzgar, a no desear mal. A no envidiar ni ultrajar. Deseo vencer mis miedos y mis temores. Conociéndote mejor podré desterrarlos, sabré como hacerlo.”-  La miré desafiante. Por unos instantes su dura mirada se suavizó un poco y pareció apiadarse de mi pobre inocencia.

-“No puede haber luz sin oscuridad, ni valor si antes no hay miedo. No puedes desear ser mejor si primero no has sido mediocre. Yo soy tu, y te guste o no, aprenderás que no puedes existir sin mí”

-“Pero yo no quiero ser lo que tú eres” –  me sentía angustiada y furiosa.

-”Sólo puedes ser tú de una única manera. Acéptalos.  Abraza a  tus miedos, a tus prejuicios, a tus envidias. Abrázame hermana, porque tú y yo somos una sola, un solo ser, y ambas nos necesitamos.”

Alcé los ojos para mirarla y me encontré con una mirada llena de calor, de mi misma, de esa parte de mí que rechazaba y que también soy yo, y comprendí que la necesitaba a ella, a mi hermana, mi némesis. Nos fundimos ambas en un abrazo y pude sentirme por fin, completa.

 

Iria Né Zák

 

Los sonidos del silencio

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¡Uf! ¡Qué manera de hablar!

No. No es un amigo contándome su vida, ni tampoco una vecina explicándome cotilleos. Es mi mente con su incesante parloteo. ¡No para!  Y la mayoría de lo que me cuenta es repetitivo y sin sentido. La tuya igual ¿A qué sí?

Nuestra querida mente, tan sabia a veces, genera un ruido constante al que estamos tan acostumbrados que no nos damos cuenta de su existencia hasta que calla. Curiosamente, entonces ese silencio tan deseado nos sorprende y nos asusta. “Te lo dije” parece decirnos nuestra mente, y vuelve a tomar el control de nuestros pensamientos y de nuestras decisiones, y suspiramos aliviados. Preferimos su insidiosa voz conocida, que el reconfortante silencio que desconocemos.

El silencio esconde muchos sonidos que no oímos por culpa de nuestra mente ruidosa. Hazla callar por una vez y escucha. Te sorprenderá, como a mí en esta experiencia que viví una mañana en el bosque, o como mínimo, te aportará paz por unos instantes.

Aquella mañana de principios de primavera lucía luminosa, con un cielo azul limpio de nubes. Las caléndulas estaban exultantes como diminutos soles que hubieran caído sobre la hierba.

 – “¡Que mañana tan bonita! – pensaba mientras paseaba entre las flores – ¡Se está tan bien con este solecito! Tan relajada, recolectando mis plantas y respirando este aire tan fresco y puro. Me encanta estar en el bosque disfrutando de este silencio…”

– ¡Calla! – me dijo una flor de pronto – ¡Calla! Hablas demasiado. Si no callas no podrás oírnos.

Mi mente, cogida por sorpresa, enmudeció de golpe. Entonces pude oírlo; el verdadero silencio.

Era casi palpable. Podía sentir  que me envolvía tomando consistencia como un ente vivo en sí mismo. Lo contenía todo y nada.  No solo los sonidos, también los aromas, las formas y los colores. Todo tomó una dimensión nueva, más nítida y perfilada, igual que las figuras de un cuadro que parecen tomar vida propia y querer salir del lienzo.

“¡Ah! – pensé maravillada –  ¡Esto es lo que se oye. Así es el mundo en realidad!”

Ahora sí que podía escucharlos; la voz del viento, los susurros de los árboles y el parloteo  curioso de los animalillos entre la maleza. El  grito de libertad del águila surcando el cielo. La canción del agua, el tintineo de las flores y las risas de las hadas.

Sentí  que me hallaba en la realidad verdadera, sin las distorsiones creadas por mi mente, sin sus prejuicios ni pretensiones. Podía, por fin, oírlos, hermosos y desconocidos, los  sonidos del silencio.

 

Iria Né Zák